4 de octubre de 2012

¿Por qué nos gustan más unos sabores que otros?


     Las elecciones alimentarias están condicionadas por múltiples factores. Entre ellos: la historia y la tradición de nuestro entorno, la influencia familiar y de amigos, la economía (desde el coste de los alimentos hasta el poder adquisitivo) y los elementos relacionados con la psicología, como las preferencias. Para la vertiente antropológica y social de la investigación del comportamiento alimentario, estas últimas desempeñan un papel central en el momento de escoger un alimento u otro.
     La preferencia por el sabor dulce y el rechazo de las sustancias amargas o las especias picantes (que producen irritación en la boca y en la garganta) parecen ser innatas. Algunas investigaciones lo respaldan al haber estudiado las diferentes reacciones faciales de los neonatos cuando se les administran líquidos con sabor dulce o con un gusto amargo o ácido. Pero si bien existe esta base de nacimiento -determinada en cierto modo por una predisposición genética-, la mayoría de las preferencias alimentarias se adquieren a través de la experiencia, es decir, se aprenden. ¿Cómo se explicaría, si no, la pasión de los adultos por el café o el gusto por la cerveza?
      Durante el primer año de vida se experimenta un rápido crecimiento físico, social y emocional. También se desarrollan las preferencias alimentarias, que se configurarán durante toda la infancia. Por ello, es crucial el entorno social y cultural, aunque la familia es el entorno más inmediato y, por lo tanto, el más determinante. La influencia de padres y madres no solo abarca lo que estos ofrecen a los niños para comer o los consejos que dan sobre la alimentación ("debes comer verdura"), sino también todo el modelo que ofrecen a sus hijos. En definitiva, se trata de aplicar el clásico consejo de "predicar con el ejemplo".

     Negarse a comer alimentos nuevos se denomina neofobia alimentaria y se define como un sentimiento de repugnancia hacia la ingesta de alimentos nuevos. Esta actitud (habitual en niños de unos dos años de edad y percibida por los adultos como un capricho infantil) es en realidad un mecanismo de adaptación propio de muchas especies: el objetivo es evitar la ingesta de alimentos o sustancias que podrían ser peligrosas o tóxicas. Después de haberse familiarizado con el alimento, la neofobia se supera con éxito.
     Hay quien opta por familiarizar a los niños tras exponerles varias (o muchas) veces al alimento. Sin embargo, los estudios muestran que el rango necesario de exposición para lograr esa familiarización es tan amplio (de 11 a 90 veces), que el mejor consejo es despreocuparse por la neofobia: es una respuesta normal y fisiológica de los niños y se supera con el tiempo. Lo más acertado es comer con naturalidad y de forma saludable con los niños.
     El objetivo es que tanto los niños como los adultos coman de la forma más saludable posible. Tal y como indica el Grupo de Revisión, Estudio y Posicionamiento de la Asociación Española de Dietistas-Nutricionistas (GREP-AEDN) en su documento "Si tú comes frutas y hortalizas, ellos también lo harán", la clave es tener alimentos saludables en casa y predicar con el ejemplo, ya que es mucho más probable que los pequeños prueben y acepten un nuevo alimento si observan a sus padres, a sus cuidadores o a cualquier familiar ingerir y disfrutar ese alimento.

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4 de octubre de 2012

¿Por qué nos gustan más unos sabores que otros?


     Las elecciones alimentarias están condicionadas por múltiples factores. Entre ellos: la historia y la tradición de nuestro entorno, la influencia familiar y de amigos, la economía (desde el coste de los alimentos hasta el poder adquisitivo) y los elementos relacionados con la psicología, como las preferencias. Para la vertiente antropológica y social de la investigación del comportamiento alimentario, estas últimas desempeñan un papel central en el momento de escoger un alimento u otro.
     La preferencia por el sabor dulce y el rechazo de las sustancias amargas o las especias picantes (que producen irritación en la boca y en la garganta) parecen ser innatas. Algunas investigaciones lo respaldan al haber estudiado las diferentes reacciones faciales de los neonatos cuando se les administran líquidos con sabor dulce o con un gusto amargo o ácido. Pero si bien existe esta base de nacimiento -determinada en cierto modo por una predisposición genética-, la mayoría de las preferencias alimentarias se adquieren a través de la experiencia, es decir, se aprenden. ¿Cómo se explicaría, si no, la pasión de los adultos por el café o el gusto por la cerveza?
      Durante el primer año de vida se experimenta un rápido crecimiento físico, social y emocional. También se desarrollan las preferencias alimentarias, que se configurarán durante toda la infancia. Por ello, es crucial el entorno social y cultural, aunque la familia es el entorno más inmediato y, por lo tanto, el más determinante. La influencia de padres y madres no solo abarca lo que estos ofrecen a los niños para comer o los consejos que dan sobre la alimentación ("debes comer verdura"), sino también todo el modelo que ofrecen a sus hijos. En definitiva, se trata de aplicar el clásico consejo de "predicar con el ejemplo".

     Negarse a comer alimentos nuevos se denomina neofobia alimentaria y se define como un sentimiento de repugnancia hacia la ingesta de alimentos nuevos. Esta actitud (habitual en niños de unos dos años de edad y percibida por los adultos como un capricho infantil) es en realidad un mecanismo de adaptación propio de muchas especies: el objetivo es evitar la ingesta de alimentos o sustancias que podrían ser peligrosas o tóxicas. Después de haberse familiarizado con el alimento, la neofobia se supera con éxito.
     Hay quien opta por familiarizar a los niños tras exponerles varias (o muchas) veces al alimento. Sin embargo, los estudios muestran que el rango necesario de exposición para lograr esa familiarización es tan amplio (de 11 a 90 veces), que el mejor consejo es despreocuparse por la neofobia: es una respuesta normal y fisiológica de los niños y se supera con el tiempo. Lo más acertado es comer con naturalidad y de forma saludable con los niños.
     El objetivo es que tanto los niños como los adultos coman de la forma más saludable posible. Tal y como indica el Grupo de Revisión, Estudio y Posicionamiento de la Asociación Española de Dietistas-Nutricionistas (GREP-AEDN) en su documento "Si tú comes frutas y hortalizas, ellos también lo harán", la clave es tener alimentos saludables en casa y predicar con el ejemplo, ya que es mucho más probable que los pequeños prueben y acepten un nuevo alimento si observan a sus padres, a sus cuidadores o a cualquier familiar ingerir y disfrutar ese alimento.

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